miércoles, 10 de enero de 2018

El primer amor

La última vez que la vi le dije que no quería dejarla, le dije incluso que me diera el último beso, porque la extrañaría. Comimos, nos sentamos, me abrazó y solté unas lagrimas pero no quise que se diera cuenta.
-¿Estás bien? Me preguntó.
Le respondí que sí.
-¡No! Mirame a los ojos estás llorando.
No quería soltarle. Odié con mis fuerzas saber que su aroma ya no lo iba a sentir. Que la estaba dejando ir, que lo nuestro tenía que ser así.
Hablamos esa noche recostados en el auto, como los días aquellos donde se reía de mis estupideces o cuando me decía que me callara cuando se me acababan los chistes. Le decía que no me pasaba nada, que era enserio, pero por dentro ella no sabía que me estaba muriendo.
Le dije que se recordara que no le había prometido el mundo ni que sería el hombre perfecto, pero a lo mejor ella sí lo deseaba. Nunca pretendí que cambiara, menos que llorara por alguna estupidez mía, pues siempre le di el más noble de mis sentimientos.
Acosté mi cabeza en sus piernas, quería que la noche fuera eterna. Mientras acariciaba mi cabello le tomé sus manos y las puse en mis mejillas, las besé como siempre. La abracé muy fuerte muchas veces, en algunos momentos me empujaba con sus manos para que dejara de hacerlo, pensaba que no me había dado cuenta que le dolía el estómago.
Ese día recorde que hacía un mes casi, todas las noches me acostaba pensando en ella, que mi felicidad, muy mía, aún no estando ella, era tan hermosa, tan bella, que cuando supe que era la última vez que me acompañaría, se la iba a llevar, también una gran parte de mí. Un pedazo que solo se reconstruye con el tiempo, que se regenera pero que no te hace olvidar.
Estaba haciéndose más noche y le dije que había algo que quería decirle. Me quedé unos minutos pensando, pensé tanto que mejor encendí el carro.
-¿Qué querés decirme? Me preguntó mientras acariciaba mi oreja.
Y cuando le volteé a ver, aún habiéndoselo dicho, mí mundo a pesar de la desgracia, siguió girando un poco más. Mi amor se vació, la poca felicidad que me quedaba se depositaba en los labios de ella. Aunque le doliera el estomago ella proseguía mi desdicha. Quería volverme con ella uno solo, quería morirme en ese instante, pero sonó su teléfono. Encendí el carro de nuevo y me puse en marcha.
Definitivamente era hora de irse, la última vez que le fui a dejar a su casa fue esa noche. Se me vino a la mente la canción de El Reloj, la canté.
-¡Ya ves, te enseñé a cantar! Me dijo con orgullo.
Ella no sabía que cada vez que cantaba, siempre quise saber si se daba cuenta que estaba practicando. ¡Y... vaya mierda de día en el que se fijó de eso!
🎵"Qué triste fue decirnos adiós... cuando nos adorábamos más..." [cantaba mientras conducía]🎵
Llegué a la puerta. Era hora de decir adiós. Nos despedimos como cualquier noche, me besó la mejilla y con la mano me dijo adiós. Me dijo que algún día me prepararía lo que me había prometido, supuso que a lo mejor tendría ganas de verla de nuevo. Le dije que estaba bien y me fui.
Demasiadas cosas pasé al lado de ella, supe valorarla tal como era, me perdía y me encontraba simultáneamente al pensar que el futuro era incierto. Sabía que ese amor tan peculiar no perduraría; aunque comulgara, supimos que era extraordinario, que despertamos pasión y respeto. Aún no se si la amé o aún no sé si amaba cómo era yo estando a su lado, pues es algo que cuestionaba pero qué importa.
Ahora que cada quien tomó su camino, en algún momento recordé que nuestros senderos se cruzaron no por el destino, sino porque ella me lo permitió. Pudo simplemente no llamarme aquel diciembre por la noche, pudo ser despiadada, pero no, quiso que la adorara, deseó inconscientemente que le quisiera con las fuerzas de mi vida; sin anhelarlo, hizo que jamás me olvidara de ella, que escribiera en muchas palabras lo que ha valido para mí, aunque yo valga para ella solo una experiencia, aunque sea para ella una enseñanza de Dios... ella fue para mí, mi primer amor.

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jueves, 15 de septiembre de 2016

Septiembre de Arce y Guatemala

Hace poco leí en twitter una convocatoria que hacía la Editorial Universitaria de la San Carlos, donde invitaba a todas aquellas personas pertenecientes a la universidad, a conmemorar su 71 aniversario de fundación por medio de la poesía y el realzamiento del ilustre poeta, dramaturgo y periodista, Manuel José Arce, quien incluso fue trabajador destacado de aquella casa de editora. 

Brevemente les voy a mencionar acerca de éste insigne. Nace en 1935 (periodo de Ubico) en la ciudad de Guatemala. Durante el gobierno del General Lucas García -estamos hablando en la década de los ochenta-, se ve obligado a abandonar el país, pues denunciaba tanto la opresión como la injusticia que se vivía durante aquel tiempo. No está demás mencionar que en esa época fueron muertos y desaparecidos muchos líderes estudiantiles como Oliverio Castañeda de León en el 78, así como su sucesor Ciani García; el doctor Fuentes Mohr en el 79, mismo año que asesinan también a Colom Argueta, sin dejar atrás las amenazas que recibían otros estudiantes y catedráticos de la San Carlos. 

Los poemas de Arce fueron sobresalientes como: General, A Guatemala, Equis-equis, Yo no quisiera ser de aquí y otros que fueron publicados después de su muerte. Fueron grandes obras que criticaron al gobierno de aquel entonces mientras él se encontraba en el extranjero. 

Manuel José Arce
(1935-1985)
Como muchos guatemaltecos románticos, Arce no muere de la manera que lo hizo Otto René Castillo por grupos antidemocráticos y apolíticos, o como Obregón, o José María López Valdizón, sino por un cáncer pulmonar, desalmado y depresivo por no pisar de nuevo su tierra natalicia, fenece finalmente el 22 de septiembre en una pequeña ciudad al sur de París, en Albury, Francia.

Como estudiante me tomé la tarea entonces, de realizar un trabajo y presentarlo a la editorial. He escrito algunos poemas, vivido algunas buenas experiencias, declamado un par de veces en público por ciertas vivencias que a uno lo acongojan. Sin embargo, entender aquellas situaciones de autoexilio como lo vivió Arce es incurable y a la vez entendible, sintetizo en una frase lo que éste sentía por su país a través de la poesía: amor desalmado por su tierra.

Aunque mi situación no haya sido la misma, experimenté ultimamente ese sentimiento por escribirle a mi país, vivo y noto que el arte se encuentra en todos lados, desde libros hasta poemas, y Arce no fue la excepción.

Así pues, en memoria de aquellos apasionados guatemaltecos que buscan la verdad, la libertad a través de la belleza, los buenos principios o el buen actuar no importando las intimidaciones o conminaciones, aprovecho humildemente a mostrarles aquel trabajo que presenté a la editorial, y también una reflexión de los ciento noventa y cinco años que hoy se celebran de independencia (de otro poeta pero esta vez cubano, José Martí):
"La felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes". 

Y aquí el poema:

Mi señera Guatemala

Mece en tu suelo firme
mi cuerpo de tu tierra, 
que mis pies al hundirse
palpen la verde sierra.

Luce entre la orbe
mis rasgos acartonados,
vestidos de conde
y elixires afrechados.

Canta con tus maderas
el folclor de tu historia, 
que en mi alma fundas
del orgullo a gloria.

Bendita eres arbórea
con tu pródiga primavera,
muchos te tienen memoria
más allá de tu vera.

Desdichados foráneos 
que tus alhajas agotan
¡Más condenados los patrios!
pues conceden y explotan

¡Oh vehemente paraje cetrino!
colmado de rocosas crestas, 
romántico salvaje destino,
inolvidables tuyas las gestas

...¿Cómo dejar de amarte?
describirte es vestirme en gala,
describirte debe ser un arte
mi señera Guatemala... 

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