La última vez que la vi le dije que no quería dejarla, le dije incluso que me diera el último beso, porque la extrañaría. Comimos, nos sentamos, me abrazó y solté unas lagrimas pero no quise que se diera cuenta.
-¿Estás bien? Me preguntó.
Le respondí que sí.
-¡No! Mirame a los ojos estás llorando.
No quería soltarle. Odié con mis fuerzas saber que su aroma ya no lo iba a sentir. Que la estaba dejando ir, que lo nuestro tenía que ser así.
Hablamos esa noche recostados en el auto, como los días aquellos donde se reía de mis estupideces o cuando me decía que me callara cuando se me acababan los chistes. Le decía que no me pasaba nada, que era enserio, pero por dentro ella no sabía que me estaba muriendo.
Le dije que se recordara que no le había prometido el mundo ni que sería el hombre perfecto, pero a lo mejor ella sí lo deseaba. Nunca pretendí que cambiara, menos que llorara por alguna estupidez mía, pues siempre le di el más noble de mis sentimientos.
Acosté mi cabeza en sus piernas, quería que la noche fuera eterna. Mientras acariciaba mi cabello le tomé sus manos y las puse en mis mejillas, las besé como siempre. La abracé muy fuerte muchas veces, en algunos momentos me empujaba con sus manos para que dejara de hacerlo, pensaba que no me había dado cuenta que le dolía el estómago.
Ese día recorde que hacía un mes casi, todas las noches me acostaba pensando en ella, que mi felicidad, muy mía, aún no estando ella, era tan hermosa, tan bella, que cuando supe que era la última vez que me acompañaría, se la iba a llevar, también una gran parte de mí. Un pedazo que solo se reconstruye con el tiempo, que se regenera pero que no te hace olvidar.
Estaba haciéndose más noche y le dije que había algo que quería decirle. Me quedé unos minutos pensando, pensé tanto que mejor encendí el carro.
-¿Qué querés decirme? Me preguntó mientras acariciaba mi oreja.
Y cuando le volteé a ver, aún habiéndoselo dicho, mí mundo a pesar de la desgracia, siguió girando un poco más. Mi amor se vació, la poca felicidad que me quedaba se depositaba en los labios de ella. Aunque le doliera el estomago ella proseguía mi desdicha. Quería volverme con ella uno solo, quería morirme en ese instante, pero sonó su teléfono. Encendí el carro de nuevo y me puse en marcha.
Definitivamente era hora de irse, la última vez que le fui a dejar a su casa fue esa noche. Se me vino a la mente la canción de El Reloj, la canté.
-¡Ya ves, te enseñé a cantar! Me dijo con orgullo.
Ella no sabía que cada vez que cantaba, siempre quise saber si se daba cuenta que estaba practicando. ¡Y... vaya mierda de día en el que se fijó de eso!
🎵"Qué triste fue decirnos adiós... cuando nos adorábamos más..." [cantaba mientras conducía]🎵
Llegué a la puerta. Era hora de decir adiós. Nos despedimos como cualquier noche, me besó la mejilla y con la mano me dijo adiós. Me dijo que algún día me prepararía lo que me había prometido, supuso que a lo mejor tendría ganas de verla de nuevo. Le dije que estaba bien y me fui.
Demasiadas cosas pasé al lado de ella, supe valorarla tal como era, me perdía y me encontraba simultáneamente al pensar que el futuro era incierto. Sabía que ese amor tan peculiar no perduraría; aunque comulgara, supimos que era extraordinario, que despertamos pasión y respeto. Aún no se si la amé o aún no sé si amaba cómo era yo estando a su lado, pues es algo que cuestionaba pero qué importa.
Ahora que cada quien tomó su camino, en algún momento recordé que nuestros senderos se cruzaron no por el destino, sino porque ella me lo permitió. Pudo simplemente no llamarme aquel diciembre por la noche, pudo ser despiadada, pero no, quiso que la adorara, deseó inconscientemente que le quisiera con las fuerzas de mi vida; sin anhelarlo, hizo que jamás me olvidara de ella, que escribiera en muchas palabras lo que ha valido para mí, aunque yo valga para ella solo una experiencia, aunque sea para ella una enseñanza de Dios... ella fue para mí, mi primer amor.